Beatriz Rojas Víquez / filóloga española y poeta
Quien haya tenido la dicha de acercarse a la producción literaria de Roberto André Acuña conoce ya su capacidad para abrir realidades ignotas y revelarlas a través de paisajes que, aun en su extrañeza, nos resultan familiares. Los textos reunidos en Sexarasca son una muestra más de esa destreza: mediante sus cuentos, materializa en nuestra conciencia nociones que oscilan entre el sufrimiento y el placer. Son relatos que nos abren hacia la pregunta: ¿cómo distinguimos entre uno y el otro?
Desde una hiperbolización de lo real, articula una crítica social a partir de una naturaleza barroca, viscosa y pulsante.
En el texto de apertura, Ovo ultriz, resuenan sus poemarios Poesía Sexánime y Falosceno. Al internarnos en un bosque prohibido, asistimos a una naturaleza que se exacerba a sí misma:
“La Luz destruye todo mientras asciende al Infinito. Del cielo caen piedras preciosas y filosas que se incrustan en los corazones de quienes aún respiran. Las hembras lloran su propia muerte, y se paren a sí mismas hasta que mueren. El tiempo se ha vuelto originario, y nada mortal existe.”
¿Cómo se vería un renacer del mundo?, ¿quién se encarga de transformar una transición de época en un verdadero cambio de época? y, ¿cuánto desastre habría que soportar para llegar ahí?
Ovo ultriz nos enfrenta a estas preguntas y a presenciar el momento en que las fuerzas decisivas toman acción. Representa el cambio, además, como inevitablemente malhiriente. Quizás la escala magna en la que se inscribe este cambio social es doblemente exageración y destino. Es decir, nos enfrenta a una destrucción colosal que finalmente nos dice que toda metamorfosis es devoradora, sí. Pero los aprendizajes son los cimientos de la siguiente era; después de la ruina reconstruimos a partir de lo perdido, lo cual convierte todo un poco en ganancia.
Esta dicotomía placer-dolor continúa en una gran parte de los relatos donde ambas, por momentos, parecen indistinguibles: como si el exceso de placer conduciera al dolor y viceversa. Salomé hombre y Monstruo de látex son muestras de esto. Ambas obras exploran una capa de delirio que llega de esa indistinción: tanto el deseo como el dolor exacerbados en estos cuentos conducen a momentos de inconsciencia.
Entre la narración y la propia forma de los relatos, se construyen eventos frenéticos, que se relatan dentro de esa misma enajenación.
No obstante, lo sexual se explora también desde el poder que representa. El cuento Leche de hombre retrata una realidad no tan lejana a nuestro día a día; leerlo al pie de la letra sería un error. Detrás de la narración asoman temas demasiado familiares: codicia, explotación, descarte.
Son las sombras de una sociedad que, en la búsqueda insaciable y perversa del dinero es capaz de las más absurdas invenciones. La ganancia es solo una excusa para llevar a cabo métodos necrofílicos
que el capital hace posibles.
Finalmente, un elemento que completa este cuentario son las representaciones de figuras femeninas presentes.
El exorcismo de María Oscuridad, por ejemplo, nos traslada a un barrio común de San José para narrar la vida dolorosa de una madre y su hija, marcadas por el desdeño de su propia “comunidad”; más aún, por lo lacerante que es existir como espejo de verdades que el entorno prefiere mantener ocultas. Aquí, una noción de placer deviene de los vecinos, quienes se unen en un proyecto común de desplazar al otro.
Nos muestra también el placer de una venganza sutil pero eficaz. Como lectores, nos satisface con el dolor final de quienes lo incidieron primero.
El libro también da voz a dos mujeres atrapadas por una circunstancia cada vez más inmersa en los barrios de todas las provincias en nuestro país. Kimberly, junto con Princess, son víctimas y testigos de explotación comercial sexual, tráfico de drogas y violencia de género. Este cuento, intenso y veloz, nos lleva por un remolino de situaciones que las apresa y acaba con ellas.
Ambos cuentos, agridulces en su realidad, nos acercan a los personajes femeninos de una manera particular. Su sufrimiento no cae en lo fortuito; son historias que acontecen en más de un barrio de nuestro país. Por eso, a pesar de su ficción, son inequivocamente humanas, y acabamos viviendo sus angustias como propias.
Por último, quisiera resaltar Blancanievo —el cuento que sirvió de base para la obra de teatro homónima—. Para mí se trata de una clase maestra sobre cómo los cuentos de hadas pueden repensarse para recuperar su propósito original.
En las palabras de Jack Zipes (2008), los cuentos de hadas “emanan desde dificultades específicas para humanizar fuerzas destructoras y barbáricas que han aterrorizado a nuestras comunidades y nuestras mentes de manera concreta, amenazando con destruir el libre albedrío y la compasión”, y continúa explicando que utilizan metáforas “que resulten accesibles para los lectores y oyentes y que ofrezcan la esperanza de que las condiciones sociales y políticas puedan cambiarse” (When Dreams Come True).
Al tratarse de la reelaboración de un cuento tan reconocido, la trama se aprovecha para acomplarse a San José y nos espeja temas presentes en nuestra contemporaneidad: el sicariato y el tráfico de personas y la explotación sexual comercial de estas; nos muestra a personas diversas que construyen su propio hogar y familia.
Me complace ver este trabajo realizado, sabiendo que su relevancia se mantendrá con el tiempo y que seguirá creciendo con los años. Este cuerpo literario es el retrato de una sociedad que aún está a tiempo de reflexionar sobre lo que siembra, lo que destruye, lo que renueva.
Sexarasca, en medio de construcciones tanto ominosas como fértiles, nos brinda una fantasía actual: la oportunidad de espejar realidades oscuras, de masticar problemáticas sociales y reflexionar hacia dónde conducen (psicológica, material y socialmente) las realidades que nos atraviesan, incluyendo aquellas de las que nos creemos enajenados.
