Roberto André Acuña / docente universitario y poeta
El pasado 8 de julio se cumplieron 70 años del deceso de la escritora costarricense Yolanda Oreamuno. Con poca o ninguna celebración, el día pasó desapercibido para la mayoría de las instituciones literarias del país. Fue Oreamuno quien publicó, en 1949, la reconocida novela La ruta de su evasión, galardonada con el premio 15 de setiembre en Guatemala.
De su producción destacan la novela, el ensayo y, especialmente, una cuentística prolífica que ha llegado a nuestros días escasamente abordada. En el currículo educativo es común encontrar el ensayo “Medios que usted sugiere al colegio para librar a la mujer costarricense de la frivolidad ambiente” (1938), de claro carácter emancipatorio, junto con algunos cuentos como “La lagartija de la panza blanca” (1936), “Insomnio” (1937), “40° sobre cero” (1937) o “Vela urbana” (1937), aunque incluso esto resulta poco habitual.
En realidad, los cuentos de Oreamuno permanecen marginados tanto en el ámbito académico como en la enseñanza secundaria, a la espera de lecturas críticas que los reactiven y los vinculen con las inquietudes de los lectores contemporáneos. Su narrativa ofrece, sin embargo, un repertorio temático amplio y vigente, con claras posibilidades de reinterpretación en el presente.
Esto ocurre a pesar de que, dentro del canon costarricense, textos como “La llave” (1948), “Tres historias de animales” (1952), “Harry Campbell Pall” (1950), “Las mareas vuelven de noche” (1971), “Don Juvencio” (1971) o “De su obscura familia” (1951) siguen siendo poco leídos y discutidos. En contraste, relatos como “Valle Alto” (1946) o “Un regalo” (1948) han tenido mayor circulación gracias a ediciones promovidas por editoriales estatales.
En 1995, la Editorial Costa Rica publicó el estudio crítico La narrativa de Yolanda Oreamuno, de Rima de Vallbona, que reúne una de las aproximaciones más completas a su obra. Posteriormente, en 1999, se editó Relatos escogidos, compilado por Alfonso Chase. No obstante, ambos títulos se encuentran hoy fuera de circulación comercial y resultan de difícil acceso para el público general. Esta desatención editorial contribuye a perpetuar el desconocimiento de su producción literaria.
Para ejemplificar la vigencia de su obra, en “La fiera” (1952) se explora la relación psicológica entre una persona y su entorno laboral. El relato muestra cómo las máquinas eléctricas comienzan a desplazar los dispositivos tradicionales de escritura, generando una creciente presión por la perfección en la trabajadora. Esta tensión adquiere hoy una resonancia particular en un contexto donde la inteligencia artificial irrumpe como una tecnología capaz de desafiar —e incluso desbordar— las capacidades humanas.
Asimismo, en el relato epistolar “Gentes de café en el México de 1945”, Oreamuno construye un agudo cuadro de época a partir de los grupos que frecuentan los cafés y sus dinámicas sociales. Destaca la manera en que aborda, con notable anticipación, aspectos de la sexualidad, al describir personas dadas al cambio sexual o como sujetos que “tienen las cosas íntimas un poco complicadas”.
La narrativa de Oreamuno alcanza una notable profundidad psicológica y social, capaz de dar forma a las experiencias materiales de sus personajes. Además, incorpora temas complejos para su tiempo —como la sexualidad o las tensiones de una conciencia materialista— y despliega una sensibilidad poética que se manifiesta en relatos como “La llave” o “Tres historias de animales”, donde recurre a imágenes alegóricas de ángeles y peces para explorar el devenir existencial.
La omisión de la cuentística de Yolanda Oreamuno no es casual. Responde a una tradición cultural que ha preferido simplificar antes que confrontar la complejidad de su obra. A 70 años de su ausencia, la deuda no es solo con su memoria, sino con nuestra capacidad de leerla. Quizá no sea que Oreamuno haya quedado en el pasado, sino que aún no terminamos de alcanzarla. Sus cuentos, inquietantes y lúcidos, permanecen como señales vivas de un pensamiento que todavía permanece vigente.