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Natalia Perhi: la poeta que creció en el ruido y escribe sobre el silencio

El primer carro rodó por San José en 1912, décadas después, cientos de ellos irrumpieron desde el paisaje urbano al rural trazando nuevos caminos que dieron origen a un punto de encuentro vital para continuar su recorrido: las gasolineras. 

Natalia Perhi durante su participación en la FILCR 2025

Desde entonces, estas se han convertido en lugares de espera, tránsito, abastecimiento y, muchas veces, confesionario de la cotidianidad extraordinaria que ocupa un lugar visible en los ojos de la poeta que protagoniza esta entrevista: Natalia Perhi. 

Su primer poemario, Estación Chevron, sugiere una pausa con olor a combustible, como si su voz emergiera desde una cabina detenida a la mitad del viaje. Sus poemas son una invitación a observar el movimiento del mundo desde un sitio aparentemente inmóvil, donde el aceite, el ruido y la nostalgia nos revelan lo que ya fue además de lo que aún no sucede. 

¿Cómo terminó una filóloga trabajando en una gasolinera?

Más bien, ¿cómo terminé siendo filóloga si me crié en una gasolinera? 

Y me disculpo por contestar con otra pregunta pero es que para poder darles una mejor narración necesito ese enfoque. 

Yo creo que cuando tenemos afinidad con las letras es porque traemos un cierto espíritu inquieto, curioso y hasta me atrevería a decir psicótico (en el sentido de perder contacto con la realidad) que nos permite sentir, admirar la belleza y también la fealdad desde una perspectiva emocional diferente y que, para poner los pies en tierra firme, está el puente del lenguaje y nuestra herramienta es la escritura. 

Partiendo de ahí, desde muy pequeña, y a pesar de que no tenía libros en mi casa, me propuse aprender a leer lo antes posible para poder descifrar las adivinanzas que venían en Escuela para todos, ejemplares que coleccionaban mis tíos maternos en la mágica biblioteca que había en casa de mi abuelita. 

Cuando ya leía y escribía (mi letra nunca ha sido la más bonita) empecé a dedicarle versos a las personas que más quería, a narrar las peculiares historias de mi papá cuando era niño, sus tantas y tantas travesuras. Y ahora que lo pienso, ese puede que haya sido mi primer intento coherente de una “obra” narrativa: Las historias de Juliancito, mi papá utilizaba ese nombre como una especie de alter ego para contarnos, en tercera persona y para evadir juicios, sus travesías por los cafetales. Un Día del Padre, con 9 años, mi mamá me ayudó a imprimirlo y encuadernarlo para regalárselo. 

Y ya, para contestar, después todo siguió un curso natural, muy orgánico, las letras me eligieron y tuve la certeza de que quería estudiar filología. 

Cada texto se empieza a escribir años antes de colocarlo sobre una hoja en blanco, ¿hace cuánto iniciaste los que incluiste en este primer poemario?

Esto es como cuando una le dice a los hijos que los ama desde antes de siquiera haber tenido una idea de ellos. Los poemas de Estación han estado en ese archivo emocional que yo llamo “la gaveta”. Concretamente, este poemario se tejió hace año y medio más o menos y fue una escritura muy fluida, me sentí muy cómoda e incluso sentí un desahogo, lo tenía atorado en la garganta del corazón.

«Estación Chevron» es su primer poemario y su segundo libro después de «Capitán de pies pequeños».
La nostalgia, sostenida en imágenes que fueron o en futuros ineludibles como la muerte, aparece como tema central en varios de tus poemas. Es común añorar lo que una vez sucedió pero, ¿cómo construiste esa nostalgia por lo que aún no acontece? 

La poesía nos permite crear ese diálogo entre líneas de tiempo y espacios. Es una especie de facilitadora que atraviesa los umbrales más estrechos y la nostalgia es su mano derecha. Se puede edificar el futuro a partir de los sentimientos del presente. Fácilmente podemos hacernos una idea de vacío cuando quitamos, imaginariamente, una pieza, a la que amamos profundamente, de nuestro tablero, ¿qué queda después? ¿Qué se siente? ¿Cómo nos construimos nosotros sin esa parte que nos sostenía el esqueleto? 

Según Wislawa Szymborska la poesía es un relieve del silencio, ¿cómo interpretás esta frase?

Parece contradictoria la relación que tiene el lenguaje con el silencio y, sin embargo, nuestro lenguaje se nutre de este. En el silencio se permite la formulación de pensamiento, la creatividad, la observación al detalle. Los silencios casi siempre implican más discursos, objeciones, debates y argumentos que unas voces a gritos. Un silencio colocado en el lugar correcto puede ganar una guerra. 

La poesía, ese soplo fértil que levanta Lázaros y memorias es justamente la copa que sobresale del bosque suntuoso de la mudez. La poesía esboza el lenguaje, los lenguajes y probablemente sí, es una protuberancia del silencio, una bandera visible que anticipa un universo desconocido, es como si solo por medio de la poesía tuviéramos la llave para descifrarlo.

Natalia ofrece una voz coherente, sensible y con un registro poético muy único.

Para la poeta Mia Gallegos, Estación Chevron es un libro que “reúne inteligencia, amor y pensamiento escrito con un rigor que aliviana, hace pensar y también deleita”.

Para la mayoría de personas, las gasolineras son una especie de no-lugar, un sitio que nadie visita para quedarse. Sin embargo, la poesía de Natalia Perhi logra mostrarnos ese espacio desapercibido de motores y máquinas desde la contemplación del silencio para observar, con emoción, la nostalgia que somos.